Parecía que la historia siempre sería la misma. Una vez más, despertaba, envuelto en sábanas de temor, de aquella maldita pesadilla. Lo sentía cada mañana, como un cuchillo al rojo vivo, que se hundía en mi pecho. Era esa sensación horrible de despertarme justo antes de morir en mi sueño. No podía explicarlo, ni mucho menos hablar con alguien acerca de lo que estaba sucediéndome. ¿Cómo podría? Cualquiera que me escuchara me tomaría por loco.
“Hoy será diferente”, dije aquella mañana, “Esto no está pasándome en realidad, es tan sólo un sueño, sólo eso”. Determinado a enfrentar mi miedo, comencé con mi rutina cotidiana. Luego de asearme y probar algún que otro bocado para desayunar, partí rumbo a mi lugar de trabajo.
Tengo un trabajo detestable, con un jefe igual de detestable al cual me encantaría ver arrollado por un camión. El muy bastardo, a mi pesar, tenía un éxito y una fortuna ostentosos, aunque producto del trabajo de nosotros: la clase “obrera”.
Como decía, odio mi trabajo. Hago entrada de datos para un call center. Mi responsabilidad es molestar— quiero decir, contactar a mayores de 55 años, ofreciéndoles una cobertura médica tan rígida que cuando realmente puedan utilizarla, ya van estar saldando cuentas con San Pedro o con Satanás.
No voy a siquiera mencionar a los imbéciles de mis compañeros de trabajo: uno más detestable que el otro.
No tengo una familia. Mi padre me abandonó cuando nací y mi madre falleció el primer día que trabajé en esta mugrosa oficina. Quizás esa es una de las razones que tengo para aborrecer tanto mi empleo. Fui un soñador por mucho tiempo. Siempre tuve grandes ideales, grandes proyectos, pero cada vez que me decidía a comenzar algo nuevo, aparecía un problema. Tras tantos años y fracasos, dejé de creer en mí mismo, dejé de creer en la posibilidad de un futuro mejor. Fue, tal vez, una de las decisiones más cobardes que tomé en mi vida, el abandonar mis propias metas. Pero ¿qué otra cosa iba a hacer? Mi oportunidad había pasado y lo peor fue que nunca fui capaz de notarlo. ¿Acaso no había lugar para mí en el mundo? No lo sé.
Y no lo voy a saber. Porque la pesadilla se escapó de mi mente. El corazón ardió en llamas. Ojalá lo hubiera sabido… Ojalá me lo hubieran dicho, antes, justo antes de envolver mi cuello por última vez.
© 2009 – Joel Alejandro
Foto: spekulator (http://www.sxc.hu/photo/612222)
poné esto en tu facebook:

0 comentarios:
Publicar un comentario